LA FOTOGRAFÍA
Entran por la ventana tímidos rayos de luz, colándose en mi habitación. Tumbada en la cama los veo desfilar ante mis ojos. Me anuncian un nuevo despertar, un nuevo día. La luz me invade, recordándome que tengo que enfrentarme a un nuevo reto: la rutina diaria. Me levanto, me calzo las zapatillas que hay debajo de mi cama y me coloco la bata. Es mi vestuario de hoy. Entro en el aseo y, mientras me pongo la crema para paliar el inminente envejecimiento, me miro al espejo. Los cambios no se perciben desde ayer. Me comparo con la foto que hay en el salón, cerca del televisor. Tengo los mismos ojos verdes y el mismo cabello rubio, pero he perdido aquella sonrisa, aquella inquietud por la vida, la ilusión y las ganas de vivir que recorrían el cuerpo de aquella niña de apenas diez años. Cuando soñaba con ser artista y pasaba horas y horas bailando y cantando junto a mi padre y mi hermana.
La crema hidratante se absorbe en mi piel como lo hace el tiempo en mi vida, como un veneno que penetra en mi cuerpo mostrándome que se acerca el final.
Oigo a mi padre que me llama desde su habitación. Me pregunta que hora es, y me pide que abra la ventana para ver el tiempo que hace. Yo le doy mi peculiar parte meteorológico: Hoy está nublado o ha salido el sol o está lloviendo?
-¡Que más da!- Le digo.- Hoy es otro día más de los que nos quedan por vivir-
Me gustan las mañanas de sol porque me alegran. Los días nublados me entristecen. Preparo el desayuno para los dos y nos sentamos en la mesa de la cocina escuchando en la televisión las noticias del día. Unas nos emocionan, otras nos son indiferentes y con otras nos identificamos. Hago las camas, limpio los aseos y barro mi casa, oigo la maquinilla de afeitar de mi padre, que se mezcla con el sonido de su transistor. Escucho cantar a Juanito Valderrama y recuerdo aquellas tardes en mi barrio de Granada. A él, tocando la guitarra, a mi hermana, cantando coplas y a mí, moviendo mi cuerpo al son que ellos me imponían, bajo la mirada feliz de mi madre.
Pierdo la noción del tiempo evocando recuerdos. Es como una droga que me hace sentir mejor, hasta que pasa su efecto y me doy cuenta del lugar en que me encuentro.
En la desidia de la rutina imagino, a veces, como hubiese sido mi vida si todos mis sueños se hubiesen convertido en realidad. Le quito el polvo a esta vieja fotografía y me acuerdo de Manolo, el chico que me gustaba. Sonrío al verla y me acuerdo de lo nerviosa que estaba aquel día. Mi madre nos dijo que vendría un fotógrafo de la ciudad para hacernos unas fotos, pero que habían acordado hacer una en común para todos los niños del barrio, así nos saldría más barato. Yo me alegré mucho y preparé mi vestido de los domingos para ese día, con mis calcetas blancas. Estuve toda la mañana intentando que mi pelo corto tuviese la misma forma que el de Greta Garbo, pero no lo conseguí. Mi hermana llevaba el pelo largo y se hizo dos trenzas, una a cada lado, mientras sonreía al verme delante del espejo intentando domar mi cabello. Recuerdo también como utilicé el perfume que mi madre tenía guardado para las ocasiones especiales, el que le trajo mi padre del viaje a Madrid. Todo por Manolo, para que me viese bonita y guardara aquella foto para siempre: Yo, vestida de mujer, solo para él. Al mirar la fotografía recuerdo tantas cosas de aquel día... Quizás sea cierto aquello de que el primer amor nunca se olvida.
La jornada transcurre con total normalidad, entre mi padre y yo. La casa cada día parece más grande y más vacía, a la espera de que vengan a visitarnos mis sobrinos, mis hermanas o algún familiar. Hoy ha venido mi primo Gonzalo. Se sienta al lado de mi padre, es como el hijo que nunca tuvo. Hablan de sus hijos, del trabajo o de política. Veo como repara en la foto y sonríe. También él posó en ella, sentado en una silla. Siempre habla de ella:
- Toñi ¿Te acuerdas de aquel día? Mi madre me vistió con la ropa de los domingos solo para la foto. Ríe. Y después nos fuimos Manolo, Ramón y yo a la poza a coger cangrejos. No veas como nos pusimos de barro los pantalones y los zapatos nuevos. Cuando llegué a casa mi madre cogió un cabreo?
Cada uno ha tejido los recuerdos con el hilo de sus anheladas ilusiones. Yo lo tejí con la lana del primer amor, con los recuerdos de Manolo. Recuerdo su cara, su sonrisa y la ansiada espera en mi portal hasta que llegase de la poza. Al llegar me saludó, me enseñó los cangrejos y me regaló uno. Quise guardarlo como si se tratase de un rosa, un regalo sentimental, pero el cangrejo desapareció, aunque no la ilusión de aquel presente.
Gonzalo y yo siempre hablamos del pueblo. Me comenta muchas cosas de la gente de allí. Él va muy a menudo, su madre todavía vive allí. Me habla de Luisa, de Daniel, de José y de todos nuestros amigos, de cómo viven una vida diferente. A veces me habla de Manolo, ¿qué será de él?, nos preguntamos. Se fue a trabajar a Palma de Mallorca con un tío suyo. Sus padres murieron años después. Nadie sabe nada de él. Yo lo imagino tal y como está en la foto, no le doy tregua al tiempo, es mi única fantasía, pensar que él no ha cambiado como nosotros. Lo imagino de chef en un gran hotel en las islas y recordándome cada vez que algún cliente le pide un cangrejo. Quizás también tiene esta fotografía y nos añora, igual que hacemos todos los que abandonamos nuestra infancia y nos adentramos en la ciudad adulta.
Llegan mis sobrinos y Gonzalo se marcha. En Inés me veo reflejada. Parece la misma niña que fui una vez. Se ríe de todo y de todos. Vive el momento. Intento aconsejarla para que todos esos sentimientos no descansen en un sofá como hacen los míos, pero ella no me escucha. Se ríe. Me dice que los tiempos han cambiado Que ella es tal y como es. Yo tampoco escuchaba los consejos de la gente. Tampoco sé si me hubiesen sido útiles. Quizás todo hubiese sido diferente si hubiese elegido otro destino. Me pregunto muchas veces si se puede elegir. Quizás no, o quizás si. Las tardes pasan, antes jugando y cantando por el pueblo hasta la última luz del día y ahora sentada en este sofá, al lado de mi padre, esperando que llegue la hora de las noticias para empezar con el ritual para acabar el día y esperar el siguiente. Mi padre se distrae mirando a través de la ventana. Dice que le gusta ver a la gente pasar. Yo se que lo que ve a través de esa ventana solo son recuerdos porque siempre me habla de mi madre, de cuando la conoció. Sonríe y evoca siempre el mismo momento. La conoció cuando tenía doce años, en casa de su primera novia. Nunca se le olvidará aquel instante. La niña que le robaría el corazón estaba jugando a las cartas. Cuando habla de aquel momento yo lo evoco a mi manera. Los veo allí sentados, inocentes, uno en cada rincón, ajenos a los deseos del destino que los uniría para siempre. La noche va tapando la luz del día y nos sorprende en la mesa de cocina, compartiendo el pan, el queso y el jamón York de la cena.
Suena el teléfono. Es mi hermana que nos pregunta como estamos, que no ha podido venir. La veo en la foto, ella sigue siendo la misma pero con unos cuantos años más. Me tiene cogida por el hombro, siempre fue mi protectora, nunca dejó que me hicieran daño. Ahora el dolor me lo causa el tiempo, que pasa por debajo de nuestras puertas, como una brisa mal avenida.
Acaba el día y nos quedamos dormidos viendo la televisión. Mi padre me despierta, me dice que se va a la cama. Yo voy detrás de él observando como se bambolea por la vejez y por el cansancio. Al llegar a mi habitación se da la vuelta y me da las buenas noches. Nos acostamos, dejo mi bata encima de la cama, y las zapatillas debajo. Así preparo mi agenda para el día siguiente. Siento el frío de las sábanas. Me encojo y miro hacia la ventana. Cierro los ojos hasta quedarme dormida y sueño con aquella niña de ojos verdes, dejo pasar la noche, esperando que los rayos de luz vuelvan a entrar tímidamente por ella.
